He podido comprobar, no sin cierta extrañeza, que lo que yo pretendía que fuera un pequeño relato casi intrascendente en mi última entrada en este blog, ha suscitado interesantes opiniones y comentarios de mis amigos.
Como no es mi costumbre contestar, permitirme que sea de esta manera como me ponga en contacto con vosotros. Antes de nada: gracias por vuestras visitas y por pretender ahondar en ese relato que yo escribí sin ninguna pretensión didáctica y mucho menos tratando de erigirme en maestro de nada, que personas más responsables y preparadas que yo existen para estos menesteres.
Si alguna moraleja pretendo que pueda extraerse de ese escrito, es que no podemos permitir que la técnica termine por ocupar el sitio, para mí incuestionable, de las humanidades. Y para mi mirada, seguramente alicorta y somera, parece que esa batalla está cada vez mas perdida.
Haríamos bien en recordar que cuando los pueblos olvidad las humanidades, es muy probable que encuentrenlas guerras.
No pretenderé nunca que nadie haga lo que yo digo. Si sobre algo tengo certeza total es sobre mi defensa a remacha martillo de la libertad individual.
Claro que pueden y deben escribir sobre lo que les dé la gana, faltaría más. Pero tampoco creo que esté demás enseñarle a meditar ante una vista marina, el sonido del viento entre los campos de espigas, el olor a tierra mojada, el crujir de la hojarasca en otoño.
Ya sé que son ellos los que tienen que mirar, pero debemos ser nosotros, educadores, padres, abuelos y amigos los que debemos enseñarles hacia donde.
Ha habido un comentario que me ha llamado poderosamente la atención, viniendo como viene de un hombre sumamente instruido, poeta y escritor contrastado y hombre que como yo, ha aprendido a quererla poesía en los áridos y pedregosos campos de esa Mancha nuestra tan poco propicia para los que no saben mirarla con los ojos del alma.
El maestro de mi narración, amigo Mario, no puso esa redacción para condenar, para fastidiar al alumno. No. Mi profesor no es tan retorcido. Quizás lo que quiso y obviamente yo no he sabido plasmar, es cogerlo de la mano y llevarlo por otros caminos menos trillados y con mejores vistas para el espíritu.
Claro que yo tuve en mi juventud un adulto que me enseñó a amar la escritura. Se llamaba Juan Alcaide Sánchez, era maestro y organizó en su casa una tertulia para cuatro quinceañeros como yo, en una época en la que la poesía tenía muy mala prensa y lo urgente era encontrar un trozo de pan.
Por ello nunca podré idear un enseñante retorcido. Les tengo mucho respeto y les debo bastante. Tanto que ideo narraciones en los que trato de juntarlos siempre con la belleza.
Aunque a pesar de las enseñanzas de aquel maestro y poeta, desgraciadamente no sepa plasmar mis sentimientos con la rotundidad y claridad requerida.
Un dato: En el último informe conocido de la juventud en España, el coche es, después de la casa, el objeto de consumo más deseado, el 36% está a favor de la pena de muerte, el 41,9% creen que loa blancos son mejores, el 36,9 apoyaría la expulsión de marroquíes, gitanos y latinoamericanos.
¿De verdad amiga “quiensino”, debemos seguir esperando?. Claro que sí, amiga Mayve, tú has dado con el meollo: hay que interesarlos. Algo tan simple como lo que pretendía hacer el profesor de mi fantasía.
Otro dato y una reflexión:
Unos versos de Benedetti:
¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de paciencia y asco?
¿sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?
también les queda no decir amén
no dejar que les maten el amor
recuperar el habla y la utopía.
Justo eso es lo que yo pretendía al escribir mi relato: recuperar el habla y la utopía.
El profesor de Lengua Castellana y Literatura le había encargado a Luis una redacción sobre la primavera.
Sabía que el trabajodebía ser esmerado, ya que el final del curso se acercaba y no andaba muy sobrado de notas brillantes. Pero como en otras tantas ocasiones, sus buenos propositos no acabaron de acoplarse con sus ansias de trabajo y fue dejando pasar el tiempo sin ponerse manos a la obra.
Unos días antes del plazo fijado para la entrega, se sentó ante el teclado de su PC y visitó la siempre agradecida Wikipedia, a la que en verdad poco jugo pudo sacarle.
Se adentro en Google y fue picoteando de aquí y de allá hasta lograr pergeñar un folio, mediante el inefable método, que tantas satisfacciones le venía dando, de "copiar y pegar".
Con la tranquilidad del deber cumplido , salió en busca de sus amigos.
Al salir a la calle, la tarde primaveral pareció incendiarse de nuevos colores. Los niños juegan por las esquinas enseñando sus limpias sonrisas de oro.
Las muchachas vienen de las sombras, peregrinando hacia la luz redentora, con su olor a retama y su esbeltez de espiga.
Los pájaros que hacen mover los arroyostraenen sus alas un olorosa frescor de junco y musgo.
Las flores dibujan enredaderas de luz a los enigmas y le nacen llamas a todas las pupilas.
Los árboles ponen el palio verde de sus ramas a los viejos y parsimoniosos sacerdotes que celebran su rito diario en los bancos y un rumor de vida nueva acompaña al sonoro y armonioso vals de juegos, risas y golondrinas.
El agua de la fuente va dejando un rumor de puntos suspensivos...
En un salón oscuro, nuestro protagonista y sus amigos juegan sudorosos a matar marcianitos en una ruidosa máquina tragaperras.
Luis consigue aniquilar un número considerable y ve con satisfacción como su nombre se aúpa al palmarés de los más preparados.
En su ejercicio de redacción no consigue ni un mísero suficiente.
Camino de su casa, ni siquiera es capaz de contestar los guiños que le hacen las estrellas.
(Reproducción: Ciudad Verde de Friedensreich Hunderwasser)
Todos los sueños de su infancia se habían hecho realidad. Había conseguido bastante más de lo que jamás había imaginado.
Lo recordaba ahora en la soledad oscura de se B.M.W, solo rota por las lucecitas de colores del complicado panel del salpicadero y por la suave música del M.P.3.
Mientras el coche seguía la raya blanca que le conducía a Benicassim, recordó con nostalgia no exenta de orgullo, de donde había partido y donde había conseguido llegar.
Con bastantes privaciones, sus padres le habían permitido ir al colegio en vez de al campo, para el que irremediablemente estaba destinado. Después, gracias a los buenos oficios del “amo” de su padre, había conseguido entrar de botones en una conocida entidad bancaria.
Todo lo demás fue obra suya. Trabajo, simpatía, estar siempre atento a los cambios, ser untuoso con sus superiores y hacerse parecer imprescindible, le habían colocado en la brillante situación en que ahora se encontraba. Supo ser agradecido y ahora recuerda con orgullo, como pudo quitar a su padre del duro trabajo y al mismo tiempo comprarle una casa señorial en el pueblo del que nunca quiso marchar.
Ahora ocupaba un puesto de enorme responsabilidad de una gran entidad financiera. Era Director General de Recursos Humanos.
Mucho trabajo, muchas preocupaciones y muchas horas de dedicación a la empresa. Tantas que su mujer ya le había reprochado que parecía como si su cargo en el banco fuese para él más importante que su propia familia.
Hasta los fines de semana en el chalet de la sierra madrileña, no dejaban de ser una continuidad, sin corbatay en mangas de camisa, del trabajo del resto de la semana.
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El motivo del viaje, que ya casi tocaba su fin, era que había citado a todos los directores regionales para un importante seminario que comenzaba el día siguiente jueves y duraba hasta el domingo después del almuerzo. Eligió Benicassim por ser un lugar tranquilo, y porque un compañero del consejo le había recomendado el hotel que por una extraña circunstancia era propiedad de un amigo. No dudo en aceptar la recomendación, que siempre es bueno tener agradecimientos en el consejo, por si en alguna ocasión fuese necesario sacarlos a la luz.
En principio esta reunión era para comunicar la próxima absorción por parte del banco de otra entidad que él ya conocía, pero que no debía revelar.
El encargo que daba titulo a la principal ponencia del seminario, era elde promover “laboriosos estudios de los recursos de personal tanto en centros operativos centrales, como de plantillas en cada una de sus oficinas y sucursales, en relación directa con la productividad general del banco y en aras de la optimización pertinente a la hora de ensamblar las entidades a fusionarse”
El sabía que bajo ese enunciado se escondía la amarga, pero triste realidad de que iban a sobrar muchos empleados por la dualidad de cargos y ocupaciones. El banco a absorber ya había iniciado su “purga”. Ya (como se dice en el argot bancario) “había vestido la muñeca” y ahora le correspondía a él.
Todo se llevaba en el más estricto secreto. Las altas instancias no querían que ni accionistas ni sindicatos supieran de la operación.
Tuvo que usar todo su encanto y toda su brillante oratoria, para asegurarse que aquella reunión no iba a transcender y no dudo en prometerles a sus subordinaos que ellos, como representantes del banco absorbente, tenían sus puestos asegurados. A pesar de que sabía, que ningún puesto estaba seguro, ni siquiera el suyo, porque en estas fusiones siempre hay favores que pagar, bocas que silenciar y todos, absorbentes y absorbidos, defienden sus privilegios a dentelladas de tiburón.
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Al terminar el trabajo en la tarde noche del sábado, nuestro personaje, subió a la habitación, se dio una relajante ducha y bajo a la cafetería, tomó un sándwich y una cerveza fresca y después salió a refrescar su mente y quizás su conciencia, al paseo marítimo.
La noche, aunque un poco fresca era apacible. Comprobó la belleza del mar y se extasió con los reverberos de la luna en el agua. Pudo ver como una figura con chaquetón de plumas paseaba un enorme perro por la orilla misma de la playa.
Una pareja de jóvenes se acariciaba y mitigaba con abrazos el frescor de la noche.
En el único chiringuito abierto de la playa, un grupo de personas mayores, seguramente extranjeros, reían y charlaban mientras consumían enormes jarras de cerveza.
Sin apenas darse cuenta, su paseo lo llevó hasta el pueblo. La calle principal estaba pletórica de luz, con sus farolas en perfecta formación y con la luminosidad añadida de los establecimientos que aún seguían abiertos.
Había terrazas extendidas en las aceras donde la gente degustaba platos de pescado frito acompañados de cervezas o tintos de verano. Las parejas paseaban por las aceras, cogidos de la cintura mirando escaparates. Los niños jugaban mientras los padres los observaban sentados en los bancos. En algunas puertas de las casas se ofrecían cajas de naranjas de la estación, mostrando sus redondeces rojas y rugosas con el lazo verde de sus hojas con querencia todavía de árbol.
Observó aquella gente y pensó que seguramente ninguno de ellos tenía lo que él había conseguido, pero en sus caras las sonrisas eran verdaderas, con una placidez que les nacía de las entrañas más nobles.
Vivian su sábado necesario, su sábado ganado a golpe de trabajo digno, su sábado palanca para otra nueva semana, su sábado de olvido e introito. Vió, en definitiva, que aquella gente vivía.
De vuelta a hotel, se sentó en un banco frente al mar. En la playa unas grandes cañas de pescar alineadas al borde mismo del agua hacían relucir con sus movimientos las luces de los extremos, como pequeñas estrellas que quisieran alcanzar el mar. Un hombre sentado en la orilla visible gracias a una lámpara de gas, bebía café de su termo, sin importarle la negativa obstinación de los peces para picar sus múltiples anzuelos.
Sus pensamientos volvieron a sus años mozos, cuando ayudaba a su padre en las labores del pastoreo. Y rememoró la misma placidez de entonces que se parecía a la tranquilidad sosegada de esta noche.
Y pensó que no había conseguido tanto en su vida como creía, si no era capaz de tener más momentos como los que había visto esta noche. Pensó también en la tarea que le esperaba el lunes, cuando tuviese que hacer efectivo lo que tan taimadamente había ocultado en su charla. Sabía que tendría que ser él, el que borrara las sonrisas del sábado por la noche de muchas familias que desconocían su destino.
Saco su móvil y marcó el número de su casa: “Mañana te espero aquí” “Te pasa algo” “No, no te preocupes, pero te necesito a mi lado”.
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No sé si la secreta fusión de los bancos se ha realizado, aunque me temo que sí. Solo puedo deciros que muchas son las mañanas en las que me junto con el protagonista,-ahora sé que se llama Eugenio- ,comprando el pan y el periódico y que ya nos saludamos cuando mi mujer y yo nos cruzamos con ellos en los paseos por la playa.
Algún día quedaremos para cenar pescado frito y tinto de verano en cualquier terraza del pueblo. Rodeados de la buena gente que aún no ha perdido la sonrisa.
He recibido el último libro de mi buen amigo y excepcional poeta Antonio Ruiz L. de Lerma, titulado “Un camino a poniente”, publicado por la colección de Poesía Ángaro de Sevilla.
El poeta me pide que escriba en este blog un comentario acerca de sus versos.
Siempre he sido reacio a la crítica de la poesía, porque entiendo que es difícil, por no decir imposible, poder entender de los sentimientos de los demás. Y la poesía es eso, sentimiento.
Si alguna vez he intentado acometer esta tarea de critico, he terminado por desistir y siempre he recordado esos veros flamencos que dicen: “Le dijo a la lengua el suspiro,/ponte tú a buscar palabras/ “pa” decir lo que yo digo”
Sinceramente, no me encuentro capacitado para poner palabras a los suspiros líricos de Antonio.
Puedo asómbrame de la belleza formal de los versos del poeta, de su difícil facilidad para el soneto, de la enorme variedad de sus registro poéticos, dignos de un consumado maestro también de preceptiva literaria.
Pero sobre todo quiero dejar constancia de su dominio de la imagen lirica, del mimo y fulgor con que elige sus palabras, de la asombrosa facilidad para que la rima sea como el venero fresco, claro y normal que le nace a los sentimientos.
El poeta puesto delante de un espejo y comienza a recordar lo que ha sido su vida desde aquel primer poema: “… Yo no sabía escribir… En la cabeza/ cuatro flores de de tiempo y la sencilla/ llamada de un papel, sobre una mesa/”., hasta estas canas de hoy que pueblan sus sienes, pero que son también la blancura testimonial de una vida digna.
Después versos de recuerdos de una niñez feliz, de la familia que le enseñó el camino hacia la alegre realidad de sus sueños, del amor compartido hecho apoyo, acicate y protección, los hijos, ya dueños de sus alas: /la estampa de una mesa compartida…/ Y un aroma de amor en el pañuelo/ que os sirvió para dar la despedida/. Y los nietos, que son un nuevo impulso, una nueva musa para sus versos: /Ellos, Señor, prolongan mi sendero/.
Llegando al final del libro, que no de su producción poética, con El último paisaje, soneto que no me resisto a trascribir:
Al fondo el mar, borrando ya el sendero.
Y más allá, fundiéndose en el cielo,
Cada vez más cercano el terciopelo
De la niebla, prendida en el estero
De lo desconocido. El mensajero
Viento de atardecer levanta el vuelo
A una imagen de mármol, bajo el vuelo
De gaviotas. Se apaga el lisonjero
Brillo del sol… El último terceto
Desgrana sus palabras, mortecino,
Con temblor infantil y trazo inquieto
En el viejo cuaderno. Y, ambarino,
Va resolviendo el tiempo ese soneto
De vivir, con la rima del destino.
He cumplido el ruego del poeta. Ahora, espero que el amigo escuche el mío: No le hagas caso a lo que ese espejo de tu primer soneto diga. La imagen que ves no te corresponde, sigues siendo joven en tus versos y al final ese debe ser el calendario que nos importa a todos aquellos que amamos la poesía.
Diego Siles (Tibetanox), es amigo nuevo pero con fuertes anclajes de bondad, humanidad y fácil trato.
Si alguna vez se le necesita, es seguro que se pone a tu servicio y lo deja todo. Como hombre que ha vivido y sabe que nada es definitivo se amarra a los sentimientos, sabiendo que ahí es donde se encuentra la autenticidad y la verdad.
Todos hemos disfrutado de sus poemas y de sus montajes de video, que demuestran una sensibilidad a flor de piel.
Hace solo unos días y dentro de una conversación vía correo electrónico, sobre un tema que no viene al caso, el amigo Diego me dijo algo definitivo, que retrata fielmente su calidad humana.
Me dijo: “ya he conseguido algo muy importante y es que a mi hijo le gusta la poesía y disfruta leyéndola, eso para mí ya es un triunfo.”
Este comentario me dio pie para este soneto que dedico tanto a Diego como a su hijo.