MAR DE NOVIEMBRE
Esta mañana, al levantarme, he vuelto a mirar al mar que se divisa desde mi terraza.
El sol comenzaba a asomar por el horizonte, poniéndole luces y sombras al pueblo que comienza a desperezarse.
Se asemeja a ese as de oros que un artístico prestidigitador, hace asomar lentamente de entre una baraja de sombras y nubes.
El mínimo mar que se ve desde mi casa, es como un presagio de azules, una añoranza de espumas, una promesa de cuerpos apenas cubiertos, una sinfonía de gritos, un pentágrama de pisadas en la arena.
Las velas blancas que esta mañana de noviembre, he visto desde mi terraza, recién levantado, no puedo asegurar que las portasen ágiles veleros rebozados de espuma o son sabanas oreándose en cualquier tendedero.
El mar que entreveo desde mi terraza, sorteando antenas y chimeneas, le ha puesto a mi organismo somnoliento una dosis de viveza y ansias, que harían innecesaria la ducha que despierta los sentidos y el café que pone en marcha los nervios.
No he podido sustraerme a la llamada de ese mar mínimo y vicario de la mañana y cuando ya el día ha empezado a doblar el espinazo de trabajos y pasos, de prisas y esperas, de noticias y latidos, me he acercado hasta él, para abrazarme a su inmensidad sonora y maternal.
Pero !ay!, ya no era el mar visto o presentido en la mañana. El sol se ha enmarañado en una torva trampa de nubes. Ha desaparecido el azul y un gris de desesperanza, mancha el espejo turbio de su espalda.
La espuma, tras una noche de lujuria con las algas, ha perdido su virginidad.
No queda siquiera una vela blanca que pueda limpiar las lágrimas de la tarde, entristecida en lluvia.
Ya no hay pentágramas de pisadas en la arena. La sinfonía presentida se ha visto acallada por un brochazo inmisericorde de suciedad y detritus.
Hasta la playa, antesala lúdica del mar, se exhibe desarreglada y triste, sucia y vieja, como si el paso del invierno, le hubiese sacado a flor de agua, a flor de piel, la tremenda certidumbre de sus arrugas.
He vuelto lentamente hacia mi casa, comparando este mar de la tarde con la epifanía, seguramente necesitada por mí, del ¿soñado? mar de la mañana.
Inevitablemente, me he puesto a pensar en mi vida.
Espero, que al levantarme mañana, el mar se vea azul desde mi terraza.

