LA CIUDAD DE LOS PERROS

Ni me he confundido al titular este escrito, ni pretendo hablar de la celebrada novela de Mario Vargas Llosa. Es algo más prosaico y de suficiente entidad humana y sanitaria a lo que pretendo referirme.
En estos tiempos, recientemente pasados de bondad económica, han proliferado en los hogares de todas las ciudades las familias amantes de los perros. Rara es la casa en la que algún vecino no tiene su perro de compañía, que comparte su vivienda como un componente más de la familia, con los mismos derechos a mimos y regalías que cualquier componente de la parentela.
Confieso no estar incluido como miembro de esta nueva cofradía, porque siempre he creído que un piso no es el lugar más apropiado para la vida y libertad de un animal, de la misma manera que nunca me gustaron los zoológicos, porque siempre me han dado sensación de cárcel y suciedad. Aún así no seré yo quien critique esta costumbre que demuestra, en la mayoría de los casos, el amor que se tiene por esos animales y el sacrificio que mucha buena gente está dispuesta a pagar por ese amor.
Y no generalizo porque también me consta y he podido comprobar, como hay casos en los que esos mimos y cuidados han durado un corto espacio de tiempo, ya que su inicio fue más un acto de modernidad mal entendida y de falsa apariencia de amor franciscano.
Tanta trascendencia ha tenido esta costumbre, tanta es la importancia que se le ha dado a las mascotas, que hasta la ONU en el año 1.978 ha hecho la Declaración Universal de los Derechos de los Animales. Declaración con la cual no puedo estar mas de acuerdo, porque aunque no adscrito a esta samaritana costumbre, no por ello dejo de amar a todos los animales. Que, quiero dejar bien claro, una cosa no quita a la otra.
Tras estas consideraciones dejad que me pregunte. ¿Y donde quedan los Derechos de muchos sufridos hombres?
Es de verdadera vergüenza el transitar por infinidad de aceras, jardines y paseos y comprobar con desagradable sorpresa como los derechos de los perros están muy por encima del de los residentes humanos.
Las aceras son un rosario de defecaciones, meadas, olores nauseabundos, zócalos agrietados, hierros carcomidos por los orines, sin que ningún remedio casero pueda detener este tsunami de mal gusto y falta de civismo. (No hablo de oídas: desgraciadamente lo puedo comprobar cada mañana)
Si en alguna ocasión se le llama la atención a algún propietario de estos animales, acabas teniendo que bajar la cabeza por que, encima de aguantar su falta de urbanidad, se te insulta con el demagógico sambenito de no amar a los animales.
Aún no se ha inaugurado un parque y las obras de remodelación de un distrito de la ciudad donde vivo y ya ha sido tomada por bastantes propietarios de perros que pasan olímpicamente de la limpieza, permitiendo las defecaciones de sus perros en el sitio donde juegan los niños.
Y en la acera del carril aun no inaugurado, ya puede verse un vergonzoso rosario de suciedad permitida por los que creen que de esa manera quieren más a sus perros.
Ya sé que contra la falta de civismo de la gente una corporación poco puede hacer, pero si las campañas de concienciación no surten efecto, habrá otras maneras más expeditivas de cortar esta lacra mediante multas, con una vigilancia más estricta o de la manera que la ley lo permita.
Lo triste de esta desagradable lacra que no creo se circunscriba solo a la ciudad donde vivo, es que cuando se habla sobre ello, no suele ser percibida la crítica con toda la rotundidad que merecería, si el asunto a tratar fuera otro.
Hay miedo a no parecer un cavernícola y que pueda interpretarse como una falta de amor a los “pobrecitos animales”.
Si en muchos casos se les da a las mascotas un trato casi humano, seamos capaces de exigirles a ellas y a sus dueños, un comportamiento también humano.
Ya os anticipo que habrá comentarios de mis lectores y amigos, en los cuales se me dirá que ellos son cuidadosos con el comportamiento de sus mascotas. Y yo los creo, ¡no faltaba más!
Pero me temo que si les pudiésemos preguntar, uno por uno, a todos y cada uno de los dueños de perros, nos dirían que ellos también lo son, al menos todos con los que he hablado del asunto, así me lo han asegurado.
Y yo me pregunto, ¿entonces, como diablos es posible, que yo cada mañana tenga que sortear oscuras defecaciones, oler a meadas rancias y recordar aquel Zotal de mi infancia que servía par mitigar olores y limpiar orines?













theo dijo
Como sabrás, no tengo más mascota que Kuragin (aunque a menudo creo que yo soy su mascota, más bien). Sólo conozco una persona que recoja las deposiciones de su perro, y es mi madre... mi padre se niega a hacerlo. Tienes toda la razón del mundo: hay lugares en los que hay que andar con más prudencia que por un campo minado.
Saludos!
19 Noviembre 2008 | 01:36 PM