RECUERDOS DE OTRAS SEMANAS SANTAS
Durante estos días pasados he tenido tiempo de recordar lo que eran las Semanas Santas de mi ya muy lejana juventud.
Al igual que en otras señaladas fiestas, nunca fueron para mí fechas de disfrute, ya que la forma de ganarse el pan, (escaso en aquel tiempo), de mi familia, era merced a la hostelería y sabido es que esas fechas son las propicias para esa clase de negocios.
Parejo a la alegría del tintinear de las pesetas y los reales en el cajón, era la desazón y el desconsuelo de ver pasar a los demás, acicalados y alegres, delante del mostrador del bar donde yo faenaba sin descanso.
Todo empezaba el Jueves Santo sobre las cinco de la tarde, hora en la que ocupaban la plaza del pueblo los “armaos”, vocablo con el que eran conocidos por el vulgo y resto de habitantes, los soldados romanos que en gran número y con vistosos pero poco valiosos uniformes, acompañaban a todas las procesiones.
Para esa hora estaba anunciada la primera procesión importante de la semana, la del “Prendimiento”. Además de “los armaos” y la banda de música, la plaza se iba llenando de nazarenos, mujeres enlutadas con peina y mantilla, autoridades locales y pueblo llano, que poco a poco iban desplazando a los extremos a los niños que antes jugaban a sus anchas por todo su perímetro.
Nosotros, en el bar, ya habíamos recibido la visita de un par de guardias municipales, conminándonos a apagar el tocadiscos que hasta ese momento repetía canciones de Juanito Valderrama, el moderno twist, la yenka y alguna de Antonio Machín elegida por algún enamorado. De la misma manera, en el momento de la visita de la autoridad quedaban terminadas toda clase de juegos y partidas fueran de domino, chamelo, tute, brisca, truque, parchís y hasta el ajedrez, a pesar de ser este juego poco proclive para el desenfreno y la bulla, pero así eran las cosas en aquellos desventurados años.
Esta prohibición duraba hasta el Sábado de Gloria, fecha en la que al iniciarse el trepanante repiqueteo de campanas, se daba permiso a que la música, el juego, el cine y los gritos en los bares, volvieran de nuevo para dar el necesario colorido a una ciudad que durante estos días de pasión habían puesto aun mas oscuridad y tristeza.
Por eso mi mente, seguramente equivocada, siempre rememora esos días como nublados, tristes y silenciosos.
Mientras rememoro estas antiguas semanas de pasión, recuerdo una anécdota de la que fui testigo presencial y directo.
Había terminado la procesión de la madrugada del jueves al viernes. Serían las 12 de la mediodía. El bar estaba repleto de gente. En ese momento yo atendía en la barra a un grupo conformado por el hermano mayor de la cofradía que acababa de procesionar, el capitán de la Guardia Civil, un director de banco y dos concejales.
Acababan de pedir una ronda de cañas de cerveza.
Al lado, un “armao”, solicitaba mi atención, para que le sirviera un chato de vino y unas aceitunas. Así lo hice. El nuevo parroquiano sacó de debajo de su armadura de lata un bocadillo envuelto en papel de periódico. Una vez desenvuelto del pringoso papel aparecieron dos rebanadas de pan candeal de las que sobresalía un chamuscado y enorme trozo de panceta de cerdo braseada.
Cuando el cansado soldado romano, de disponía a atacar con denuedo el fortín gastronómico, fue interrumpido con voz tonante, por el hermano mayor, que hacia descansar su capirucho sobre su cintura como si de un cántaro se tratase:
.- ¿Pero qué haces insensato?
El hombre lo miró con cara de no entender nada pero, por si acaso, dejó de morder el provocador bocadillo.
.- ¡!! No ves que hoy es Viernes Santo y está prohibido comer carne! ¡Qué vergüenza! Y encima un soldado romano. A donde vamos a parar.
El pobre hombre, albañil de profesión, lió de nuevo su bocadillo, lo volvió a meter debajo de su pechera de hojalata y purpurina, dejó encima del mostrador los dos reales del chato y sin acabar su consumición salió avergonzado y aturdido del bar.
Acto seguido el hermano mayor requirió mi atención.
.-Juanito, ponnos dos raciones de gambas, unas cigalas y unas tapas de mojama. Y a propósito: ¿me imagino que hoy no habréis hecho callos de aperitivo?
No le contesté. Serví su pedido. Al retirar el chato de vino y las aceitunas sin terminar del frustrado comensal, miré por el ventanal y lo vi sentado en un banco, comiéndose a hurtadillas el bocadillo que con tanto amor su mujer le había preparado.
Me gustan más estas Semanas Santas. Como en todas las cosas, ahora lo que perdura y tiene valor es la libertad. Y quizás por ellos son mas autenticas y desde luego más alegres y menos hipócritas.
Libertad para aquellos que quieren buscar a su dios en el sufrimiento, las llagas, las tinieblas y las castrantes prohibiciones y libertad también para los que lo encuentran en la luminosidad de la naturaleza, en la alegría del amor compartido, en la virginal belleza de los canticos, en la búsqueda de nuevas y pedagógicas sensaciones.
En definitiva, en vivir esas fechas y todas las fechas, sin que nadie pueda ordenarte de que manera debes buscar tu necesidad de procurar ser feliz.
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*EspumadeMar* dijo
Hola! paso a asludarte y dejar mi huella, para decirte que soy nueva en estos lares, he visto que tenemos amigos en comun y por eso sape por tu blog.
mis abrazos lokitos
12 Abril 2009 | 07:08 PM