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La Coctelera

jotatrujillo

12 Abril 2009

RECUERDOS DE OTRAS SEMANAS SANTAS

Durante estos días pasados he tenido tiempo de recordar lo que eran las Semanas Santas de mi ya muy lejana juventud.

Al igual que en otras señaladas fiestas, nunca fueron para mí fechas de disfrute, ya que la forma de ganarse el pan, (escaso en aquel tiempo), de mi familia, era merced a la hostelería y sabido es que esas fechas son las propicias para esa clase de negocios.

Parejo a la alegría del tintinear de las pesetas y los reales en el cajón, era la desazón y el desconsuelo de ver pasar a los demás, acicalados y alegres, delante del mostrador del bar donde yo faenaba sin descanso.

Todo empezaba el Jueves Santo sobre las cinco de la tarde, hora en la que ocupaban la plaza del pueblo los “armaos”, vocablo con el que eran conocidos por el vulgo y resto de habitantes, los soldados romanos que en gran número y con vistosos pero poco valiosos uniformes, acompañaban a todas las procesiones.

Para esa hora estaba anunciada la primera procesión importante de la semana, la del “Prendimiento”. Además de “los armaos” y la banda de música, la plaza se iba llenando de nazarenos, mujeres enlutadas con peina y mantilla, autoridades locales y pueblo llano, que poco a poco iban desplazando a los extremos a los niños que antes jugaban a sus anchas por todo su perímetro.

Nosotros, en el bar, ya habíamos recibido la visita de un par de guardias municipales, conminándonos a apagar el tocadiscos que hasta ese momento repetía canciones de Juanito Valderrama, el moderno twist, la yenka y alguna de Antonio Machín elegida por algún enamorado. De la misma manera, en el momento de la visita de la autoridad quedaban terminadas toda clase de juegos y partidas fueran de domino, chamelo, tute, brisca, truque, parchís y hasta el ajedrez, a pesar de ser este juego poco proclive para el desenfreno y la bulla, pero así eran las cosas en aquellos desventurados años.

Esta prohibición duraba hasta el Sábado de Gloria, fecha en la que al iniciarse el trepanante repiqueteo de campanas, se daba permiso a que la música, el juego, el cine y los gritos en los bares, volvieran de nuevo para dar el necesario colorido a una ciudad que durante estos días de pasión habían puesto aun mas oscuridad y tristeza.

Por eso mi mente, seguramente equivocada, siempre rememora esos días como nublados, tristes y silenciosos.

Mientras rememoro estas antiguas semanas de pasión, recuerdo una anécdota de la que fui testigo presencial y directo.

Había terminado la procesión de la madrugada del jueves al viernes. Serían las 12 de la mediodía. El bar estaba repleto de gente. En ese momento yo atendía en la barra a un grupo conformado por el hermano mayor de la cofradía que acababa de procesionar, el capitán de la Guardia Civil, un director de banco y dos concejales.

Acababan de pedir una ronda de cañas de cerveza.

Al lado, un “armao”, solicitaba mi atención, para que le sirviera un chato de vino y unas aceitunas. Así lo hice. El nuevo parroquiano sacó de debajo de su armadura de lata un bocadillo envuelto en papel de periódico. Una vez desenvuelto del pringoso papel aparecieron dos rebanadas de pan candeal de las que sobresalía un chamuscado y enorme trozo de panceta de cerdo braseada.

Cuando el cansado soldado romano, de disponía a atacar con denuedo el fortín gastronómico, fue interrumpido con voz tonante, por el hermano mayor, que hacia descansar su capirucho sobre su cintura como si de un cántaro se tratase:

.- ¿Pero qué haces insensato?

El hombre lo miró con cara de no entender nada pero, por si acaso, dejó de morder el provocador bocadillo.

.- ¡!! No ves que hoy es Viernes Santo y está prohibido comer carne! ¡Qué vergüenza! Y encima un soldado romano. A donde vamos a parar.

El pobre hombre, albañil de profesión, lió de nuevo su bocadillo, lo volvió a meter debajo de su pechera de hojalata y purpurina, dejó encima del mostrador los dos reales del chato y sin acabar su consumición salió avergonzado y aturdido del bar.

Acto seguido el hermano mayor requirió mi atención.

.-Juanito, ponnos dos raciones de gambas, unas cigalas y unas tapas de mojama. Y a propósito: ¿me imagino que hoy no habréis hecho callos de aperitivo?

No le contesté. Serví su pedido. Al retirar el chato de vino y las aceitunas sin terminar del frustrado comensal, miré por el ventanal y lo vi sentado en un banco, comiéndose a hurtadillas el bocadillo que con tanto amor su mujer le había preparado.

Me gustan más estas Semanas Santas. Como en todas las cosas, ahora lo que perdura y tiene valor es la libertad. Y quizás por ellos son mas autenticas y desde luego más alegres y menos hipócritas.

Libertad para aquellos que quieren buscar a su dios en el sufrimiento, las llagas, las tinieblas y las castrantes prohibiciones y libertad también para los que lo encuentran en la luminosidad de la naturaleza, en la alegría del amor compartido, en la virginal belleza de los canticos, en la búsqueda de nuevas y pedagógicas sensaciones.

En definitiva, en vivir esas fechas y todas las fechas, sin que nadie pueda ordenarte de que manera debes buscar tu necesidad de procurar ser feliz.

servido por jotatrujillo 9 comentarios compártelo

9 comentarios · Escribe aquí tu comentario

*EspumadeMar*

*EspumadeMar* dijo

Hola! paso a asludarte y dejar mi huella, para decirte que soy nueva en estos lares, he visto que tenemos amigos en comun y por eso sape por tu blog.

mis abrazos lokitos

12 Abril 2009 | 07:08 PM

Mario Hidalga Redondo

Mario Hidalga Redondo dijo

Juan, ando muy vago últimamente para navegar por el aire. Yo sé que sabrás perdonar mi ausencia en tus páginas. Pero no dejo de acordarme de los amigos.
Como siempre, magistral tu relato. Y la anécdota muy ilustrativa.

Un abrazo

12 Abril 2009 | 07:39 PM

annabel-lee

annabel-lee dijo

Buenas tardes JUAN entrañable tu relato, yo no lo he vivio quizás tanto en esa época un poco posterior, pero de alguna manera recuerdo esas semanas santas tan patibulares, tan oscuras, en mi casa no se vivian de una manera especial, pues mi padre era una persona Agnóstica y aunque mi madre no lo es, no impuso nunca nada a sus hijos que la verdad tenemos todos una tendencia mas de padre que de madre, tambien recuerdo de pequeña esa soble moral a la que haces referencia. Yo tambien prefiero todo desde esta libertad, que cada uno lo viva como quiera vivirlo, que a nadie le venga impuesto nada.

Repito un relato muy muy entrañable y muy bonito, un beso

Anni

12 Abril 2009 | 08:53 PM

tibetanox

tibetanox dijo

Qué buena descripción has hecho amigo Jota, mira que me has traído recuerdos, mi padre era costalero de la madrugá como dicen por mi tierra, por supuesto en aquellos tiempos se ve que pagaban o tenían algún privilegio en algunos asuntos que ahora no sabría describir, sí que me acuerdo perfectamente que cuando se acabaron los privilegios, mi padre dijo que el Cristo lo llevaran a hombros otros que tuviesen más ardor católico que él, en fin eran otros tiempos.

Lo que si me imagino es al armao comiéndose el bocata de panceta, pensando… anda y que te den hermano mayor.

UN FUERTE ABRAZO

12 Abril 2009 | 10:33 PM

nocturna

nocturna dijo

Cuanta añoranza, nos hace bien o mal?...
Gracias J por estar ahí...Noc_

13 Abril 2009 | 02:31 PM

arwen7

arwen7 dijo

he disfrutado leyendote J. me has recordado cosas que me contaba mi padre, otros tiempos sin duda....otros valores...impuestos, otra hipocresia sin duda.

Estoy contigo en que prefiero las de ahora, donde cada uno es libre de vivir su fe o su no fe...

Gracias, un abrazo.

13 Abril 2009 | 08:10 PM

Ignacio

Ignacio dijo

Hola Jota:

Me ha encantado tu experiencia. Muy ilustrativa. No tengo un pasado en el que pueda revivir alguna Semana Santa porque no era muy dado a este tipo de procesiones. Y eso que mi familia es muy creyente. Yo les salí un poco bastante agnóstico.

Un abrazo y gracias por compartir esta experiencia.

Ignacio.

14 Abril 2009 | 11:04 AM

isabel61

isabel61 dijo

jajajaja he escuchado historias como éstas pero también que se pegaban los hombres unas tundas de jugar a las cartas del copón y guateques escondidos.

Me gusta la Semana Santa porque yo la viví descafeinada, se tomaban muchos dulces y se veían películas que duraban tres horas o cuatro en la TV y a falta de cines o otro entretenimiento a mi edad era mucho.

Ahora la SS es para el turismo que se desplaza a la playa a para ver cofrades diferentes a los que vieron de pequeños. Los del sur se van a Castilla y los de Castilla al sur.

Se ha perdido mucha religiosidad y recogimiento para quedarse en tradición cultural

Un abrazo

14 Abril 2009 | 07:37 PM

msdalloway

msdalloway dijo

Vaya, vaya con el bocadillo... ¿No será más modesto un bocata de beicon que unas raciones de marisco? ¡Qué extraña manera la de los católicos de entender el sacrificio! Ya les contaba yo cuatro cositas.

En fin, aún así el relato me ha hecho sonreir. Esta Semana Santa no he hecho nada tradicional así que hoy me he tomado la revancha y me he puesto a hacer torrijas y rosquillas. Tenía comprados los "materiales" así que estaba obligada a hacerlo. ¡Y me han quedao de ricas...!

Te invito.
Un abrazo.

14 Abril 2009 | 08:10 PM

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