VENTURA Y EL MAR DE INVIERNO

Ya estaba jubilado. Tenía para él todo el tiempo del mundo.Aquellas horas que antes le eran completamente necesarias para llenarlas de trabajo cansado pero remunerador, ahora no sabía como gastarlas.
Solo se impuso como obligación hacer algunas compras a su mujer y tratar de ayudarla en la gestación de la repetitiva paella de los domingos. Llevaba tantos años en Benicassim que ese rito festivo y gastronómico de la paella semanal se había incrustado en su vivir, haciéndole olvidar los antiguamente apetecidos platos de la cocina manchega. Adios a los "potajes", a las "gachas", "migas", para el invierno y los "pipirranas" y "gazpachos" para el verano.
Aquí había comprobado que el menú "todo terreno" era la paella: dominical, lúdica, festiva, familiar, atávica.
Pero dejemos las disquisiciones gastronómicas que solo han servido para demostrar el tiempo libre de nuestro jubilado al que desde este momento llamaremos Ventura, no sea que con otras explicaciones como las anteriores, se nos vaya el santo al cielo y lo terminemos por dejar en el limbo de los no bautizados.
Para trabajar de albañil, Ventura había dejado la sequedad profunda y parda de La Mancha en busca de otros horizontes de claridad, no tanto para su espíritu, como para el maltrecho y paupérrimo vivir de él y de los suyos.
Y llenando las horas de trabajos y sudores y con bastantes esfuerzos, había conseguido hacerse una casa, le había dado una buena educación a sus dos hijos y había arañado unos pocos ahorros que unidos a su pensión, le permitian mirar su ya exiguo futuro con tranquilidad.
A pesar de llevar cerca de cuarenta años viviendo en Benicassim, Ventura era poco asiduo a visitar la playa.
Siempre su querencia de tierra adentro le marcaban los caminos a la montaña. Era como si una fuerza ancestral le empujara a los riscos, a los chaparros, a los lagartos, a las aves negras que como flechas traspasan el aire.
En la playa se sentía ajeno, como ese pájaro herido en un ala que al no poder volar se trastabilla y cae. Bajo sus pies no sentía la seguridad telúrica de la tierra y el musgo, sino la temblorosa y caliente levedad de la arena.
Y después el mar. Tanta agua azul, limpia y sin memoria. Tanta agua igual y siempre nueva. Tanto movimiento repetido e irrepetible. Tanto brillos tilileantes inundando sus ojos.
Por eso, todas las mañanas, cuando el sol pone el anuncio del nuevo día, retratandose en las encaladas paredes de su casa, Ventura coge su "gayato" y se dirige a la seguridad del paiseje conocido.
Pero hubo un día que , sin saber porqué, sus pasos le dirigieron a la playa. Hacía frío. La playa estaba completamente desierta. El mar no tenía el color que recordaba, sino el triste y gelido gris del invierno. Las gaviotas parecian como pañuelos blancos que despidieran al verano ya ido.. La arena, apelmazada y humeda, como si un rocío de algas le hubiesa peinado sus dunas.
Ventura, arrebujandose en el tabardo de pana, se acercó al borde del mar y paseó por su orilla- Las olas de la noche habían dejado un presente de conchas que blanqueaban en la arena. Cogió algunas y las guardó en su pañuelo de hierbas.
Aquel día le gustó el mar, lo tuvo mas cercano. Le parecía que había envejecido con él. El mar tenía como la tranquilidad responsable de los años vividos, en contraposición con la locura juvenil y azarosa del riente mar del verano. Camino de su casa penso que el mar y él serían de la misma "quinta".
Desde aquel día, Ventura se hizo amigo del mar de invierno. Lo visitaba a diario y hablaba con el como esos viejos amigos que se cuentan sus historias en un banco resguardado del frío.
El mar, agradecido, cada mañana le regalaba a Ventura algún presente que sacaba del cofre enorme que guardaba en sus profundidades: algas rubias brillantes y sedosas que eran como mechones de melenas que los corales arrancan cuando peinan a las sirenas, grandes cartilagos de peces desconocidos, entre blancos y azules, como trozos de luna olvidada en el resplandor del agua, pelotas de colores bañadas de lágrimas de niño, que una ola juguetona robó para que jugaran los delfines y que ahora el mar devuelve compungido.
Otro día el mar le regaló un bolígrafo, sucio, roto, seco. Ventura se extrañó de tan raro presente, acostumbrado como estaba a la belleza distinta de los regalos anteriores.
<< !Vaya, amigo!, hoy estás poco dadivoso. Para estos no hace falta venir hasta tu orilla, estos los hay a montones en cualquier sitio..
<<Llevas razón, pero este bolígrafo mo es como los otros y por eso quiero que lo guardes con los demás tesoros. Yo hubiera podido rellenarlo en el tintero de cualquier calamar y habérselo regalado a un pececillo para que hiciese palotes en el vientre blanco de un delfín, pero he preferido que lo tengas tu.
<<¿Porqué?
<< Porque su dueño, al igual que tú, tampoco me conocía, era de tierra dentro y ademas trataba de ser poeta.
Venía todas las mañanas con su cuaderno y su bolígrafo y se quedaba absorto mirándome, pretendiendo plasmar en unos versos las sensaciones que le producían mi sola presencia.
Pero idefectiblemente, siempre terminaba por arrancar las hojas de su bloc, arugarlas con fuerza y lanzarmelas con rabia mal contenida.
Coseguí hacerme con algunas hojas y leerlas:
Con los labios azules de la brisa
las olas se encariñan de la arena.
Un reloj de luna nueva
marca el tiempo eterno de las olas
Dejad que me beba esta copa de mar
para saciar mi sed de eternidades.
Gotas de agua en su vientre
aquella mujer tenía,
perlas de sol y de espuma
en su marrón geografía
Al verla salir del mar
!supe que era la alegría!
Ni Poseidon ni Neptuno
ese niño que gatea hacia las olas
es el verdadero dios del mar.
Como observarás el poeta no era nada del otro mundo y ese fué su problema. Desesperado de no saber describirme, un día se acrcó hasta mí y nirándome con rabia me arrojó su bolígrafo y su cuaderno.
Yo le acaricié sus pies con un tacto de espuma tibia y suave. Me miró y por fin se decidió a conocerme, adentarndose lentamente en mi inmensidad-
Yo, agradecido le presté toda mi tibieza, mi color, le enseñé el juego de las olas y los brillos dorados del sol en mi espejo, la luminosidad acolchada y y fresca de mi suelo, los inacabados jeroglificos de mis pequeños habitantes, la risa juguetonan de los niños que me juegan, la belleza desnuda y sin embargo pura, de las mujeres que me adoran, le llené de besos humedos y frescos cada uno de los recovecos de su cuerpo, le puse caracolas en sus oídos desnudos, le preparé un colchón de arena fresca pàra que disfrutara sus sueños y cuando la tarde se despedía ahita de sol, lo desperté con un despertador de luna que solo guardo para los poetas y los de corazón alegre.
Aquel hombre ya no quiso escribir sobre mí. Solo quiso tenerme, disfrutarme, rimar versos entre mis olas y sus juegos. En definitiva vivirme, que es, sin duda alguna, la mejor poesía que se puede hacer sobre mí.
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El invierno terminó y una bandada de golondrinas extrañamente grises, anunciaron el comienzo del buen tiempo y el mar volvió a acicalarse y cambiar el manto pardo y triste del invierno por el luminoiso y azul del verano.
A la playa le nacieron flores de colores y risas nuevas.
Ventura, o volvió a la montaña, o se dedico a ordenar sus regalos del mar de invierno.
El mar, ocupado como estaba, no lo echó de menos. Pero si se extrañó cuando vuelto de nuevo al frío y la soledad, no recibía la visita de su amigo.
Extrañado, le preguntó a una gaviota con fama de vecindona.
Su amigo Ventura ya nunca vendría a vistarlo, !había muerto!
Aquella terde el mar se hizo tormenta y lluvia y lloró con roncos sonidos de pena y por primera vez, deseó hacerse tierra para poder abrazar a su viejo amigo Ventura.









vetton ibero dijo
Hay una vena poética en este escrito que delata o proclama al autor como un vate elocuente, tal vez desolado por una dualidad o querencia mar-estepa, que la ama y la añora.Lirismo, bellas y conmovedoras figuras literarias,hacen del relato volver a repetir su lectura. Hay un punto oscuro y triste: el final, la muerte. ¿Podría haberse evitado?
Un saludo y enhorabuena. Me ha gustado.
17 Mayo 2009 | 07:01 PM