UN CAMINO A PONIENTE

He recibido el último libro de mi buen amigo y excepcional poeta Antonio Ruiz L. de Lerma, titulado “Un camino a poniente”, publicado por la colección de Poesía Ángaro de Sevilla.
El poeta me pide que escriba en este blog un comentario acerca de sus versos.
Siempre he sido reacio a la crítica de la poesía, porque entiendo que es difícil, por no decir imposible, poder entender de los sentimientos de los demás. Y la poesía es eso, sentimiento.
Si alguna vez he intentado acometer esta tarea de critico, he terminado por desistir y siempre he recordado esos veros flamencos que dicen: “Le dijo a la lengua el suspiro,/ponte tú a buscar palabras/ “pa” decir lo que yo digo”
Sinceramente, no me encuentro capacitado para poner palabras a los suspiros líricos de Antonio.
Puedo asómbrame de la belleza formal de los versos del poeta, de su difícil facilidad para el soneto, de la enorme variedad de sus registro poéticos, dignos de un consumado maestro también de preceptiva literaria.
Pero sobre todo quiero dejar constancia de su dominio de la imagen lirica, del mimo y fulgor con que elige sus palabras, de la asombrosa facilidad para que la rima sea como el venero fresco, claro y normal que le nace a los sentimientos.
El poeta puesto delante de un espejo y comienza a recordar lo que ha sido su vida desde aquel primer poema: “… Yo no sabía escribir… En la cabeza/ cuatro flores de de tiempo y la sencilla/ llamada de un papel, sobre una mesa/”., hasta estas canas de hoy que pueblan sus sienes, pero que son también la blancura testimonial de una vida digna.
Después versos de recuerdos de una niñez feliz, de la familia que le enseñó el camino hacia la alegre realidad de sus sueños, del amor compartido hecho apoyo, acicate y protección, los hijos, ya dueños de sus alas: /la estampa de una mesa compartida…/ Y un aroma de amor en el pañuelo/ que os sirvió para dar la despedida/. Y los nietos, que son un nuevo impulso, una nueva musa para sus versos: /Ellos, Señor, prolongan mi sendero/.
Llegando al final del libro, que no de su producción poética, con El último paisaje, soneto que no me resisto a trascribir:
Al fondo el mar, borrando ya el sendero.
Y más allá, fundiéndose en el cielo,
Cada vez más cercano el terciopelo
De la niebla, prendida en el estero
De lo desconocido. El mensajero
Viento de atardecer levanta el vuelo
A una imagen de mármol, bajo el vuelo
De gaviotas. Se apaga el lisonjero
Brillo del sol… El último terceto
Desgrana sus palabras, mortecino,
Con temblor infantil y trazo inquieto
En el viejo cuaderno. Y, ambarino,
Va resolviendo el tiempo ese soneto
De vivir, con la rima del destino.
He cumplido el ruego del poeta. Ahora, espero que el amigo escuche el mío: No le hagas caso a lo que ese espejo de tu primer soneto diga. La imagen que ves no te corresponde, sigues siendo joven en tus versos y al final ese debe ser el calendario que nos importa a todos aquellos que amamos la poesía.
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Diego dijo
¿Qué mejor critico puede tener el poeta? Que aquel que no quiere serlo.
Como bien dice mi amigo Jota, las imágenes suelen ser engañosas, no se corresponden en absoluto con la realidad, nos pueden engañar destellos de sutil apariencia, el soneto de Antonio no tiene fecha de caducidad y si me apuran mis desvaríos tampoco fecha de natalidad, la poesía no envejecerá nunca al igual que su creador. Viviremos con la rima del destino y dejaremos que nos trasporten las letras del poeta, sin duda alguna llegaremos a buen puerto tod@s.
Un abrazo al no “critico” y otro al joven poeta.
18 Junio 2009 | 01:06 PM