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La Coctelera

jotatrujillo

28 Junio 2009

LA RENUNCIA

Todos los sueños de su infancia se habían hecho realidad. Había conseguido bastante más de lo que jamás había imaginado.

Lo recordaba ahora en la soledad oscura de se B.M.W, solo rota por las lucecitas de colores del complicado panel del salpicadero y por la suave música del M.P.3.

Mientras el coche seguía la raya blanca que le conducía a Benicassim, recordó con nostalgia no exenta de orgullo, de donde había partido y donde había conseguido llegar.

Con bastantes privaciones, sus padres le habían permitido ir al colegio en vez de al campo, para el que irremediablemente estaba destinado. Después, gracias a los buenos oficios del “amo” de su padre, había conseguido entrar de botones en una conocida entidad bancaria.

Todo lo demás fue obra suya. Trabajo, simpatía, estar siempre atento a los cambios, ser untuoso con sus superiores y hacerse parecer imprescindible, le habían colocado en la brillante situación en que ahora se encontraba. Supo ser agradecido y ahora recuerda con orgullo, como pudo quitar a su padre del duro trabajo y al mismo tiempo comprarle una casa señorial en el pueblo del que nunca quiso marchar.

Ahora ocupaba un puesto de enorme responsabilidad de una gran entidad financiera. Era Director General de Recursos Humanos.

Mucho trabajo, muchas preocupaciones y muchas horas de dedicación a la empresa. Tantas que su mujer ya le había reprochado que parecía como si su cargo en el banco fuese para él más importante que su propia familia.

Hasta los fines de semana en el chalet de la sierra madrileña, no dejaban de ser una continuidad, sin corbata y en mangas de camisa, del trabajo del resto de la semana.

***** **** ****

El motivo del viaje, que ya casi tocaba su fin, era que había citado a todos los directores regionales para un importante seminario que comenzaba el día siguiente jueves y duraba hasta el domingo después del almuerzo. Eligió Benicassim por ser un lugar tranquilo, y porque un compañero del consejo le había recomendado el hotel que por una extraña circunstancia era propiedad de un amigo. No dudo en aceptar la recomendación, que siempre es bueno tener agradecimientos en el consejo, por si en alguna ocasión fuese necesario sacarlos a la luz.

En principio esta reunión era para comunicar la próxima absorción por parte del banco de otra entidad que él ya conocía, pero que no debía revelar.

El encargo que daba titulo a la principal ponencia del seminario, era el de promover “laboriosos estudios de los recursos de personal tanto en centros operativos centrales, como de plantillas en cada una de sus oficinas y sucursales, en relación directa con la productividad general del banco y en aras de la optimización pertinente a la hora de ensamblar las entidades a fusionarse”

El sabía que bajo ese enunciado se escondía la amarga, pero triste realidad de que iban a sobrar muchos empleados por la dualidad de cargos y ocupaciones. El banco a absorber ya había iniciado su “purga”. Ya (como se dice en el argot bancario) “había vestido la muñeca” y ahora le correspondía a él.

Todo se llevaba en el más estricto secreto. Las altas instancias no querían que ni accionistas ni sindicatos supieran de la operación.

Tuvo que usar todo su encanto y toda su brillante oratoria, para asegurarse que aquella reunión no iba a transcender y no dudo en prometerles a sus subordinaos que ellos, como representantes del banco absorbente, tenían sus puestos asegurados. A pesar de que sabía, que ningún puesto estaba seguro, ni siquiera el suyo, porque en estas fusiones siempre hay favores que pagar, bocas que silenciar y todos, absorbentes y absorbidos, defienden sus privilegios a dentelladas de tiburón.

**** **** ****

Al terminar el trabajo en la tarde noche del sábado, nuestro personaje, subió a la habitación, se dio una relajante ducha y bajo a la cafetería, tomó un sándwich y una cerveza fresca y después salió a refrescar su mente y quizás su conciencia, al paseo marítimo.

La noche, aunque un poco fresca era apacible. Comprobó la belleza del mar y se extasió con los reverberos de la luna en el agua. Pudo ver como una figura con chaquetón de plumas paseaba un enorme perro por la orilla misma de la playa.

Una pareja de jóvenes se acariciaba y mitigaba con abrazos el frescor de la noche.

En el único chiringuito abierto de la playa, un grupo de personas mayores, seguramente extranjeros, reían y charlaban mientras consumían enormes jarras de cerveza.

Sin apenas darse cuenta, su paseo lo llevó hasta el pueblo. La calle principal estaba pletórica de luz, con sus farolas en perfecta formación y con la luminosidad añadida de los establecimientos que aún seguían abiertos.

Había terrazas extendidas en las aceras donde la gente degustaba platos de pescado frito acompañados de cervezas o tintos de verano. Las parejas paseaban por las aceras, cogidos de la cintura mirando escaparates. Los niños jugaban mientras los padres los observaban sentados en los bancos. En algunas puertas de las casas se ofrecían cajas de naranjas de la estación, mostrando sus redondeces rojas y rugosas con el lazo verde de sus hojas con querencia todavía de árbol.

Observó aquella gente y pensó que seguramente ninguno de ellos tenía lo que él había conseguido, pero en sus caras las sonrisas eran verdaderas, con una placidez que les nacía de las entrañas más nobles.

Vivian su sábado necesario, su sábado ganado a golpe de trabajo digno, su sábado palanca para otra nueva semana, su sábado de olvido e introito. Vió, en definitiva, que aquella gente vivía.

De vuelta a hotel, se sentó en un banco frente al mar. En la playa unas grandes cañas de pescar alineadas al borde mismo del agua hacían relucir con sus movimientos las luces de los extremos, como pequeñas estrellas que quisieran alcanzar el mar. Un hombre sentado en la orilla visible gracias a una lámpara de gas, bebía café de su termo, sin importarle la negativa obstinación de los peces para picar sus múltiples anzuelos.

Sus pensamientos volvieron a sus años mozos, cuando ayudaba a su padre en las labores del pastoreo. Y rememoró la misma placidez de entonces que se parecía a la tranquilidad sosegada de esta noche.

Y pensó que no había conseguido tanto en su vida como creía, si no era capaz de tener más momentos como los que había visto esta noche. Pensó también en la tarea que le esperaba el lunes, cuando tuviese que hacer efectivo lo que tan taimadamente había ocultado en su charla. Sabía que tendría que ser él, el que borrara las sonrisas del sábado por la noche de muchas familias que desconocían su destino.

Saco su móvil y marcó el número de su casa: “Mañana te espero aquí” “Te pasa algo” “No, no te preocupes, pero te necesito a mi lado”.

**** **** ****

No sé si la secreta fusión de los bancos se ha realizado, aunque me temo que sí. Solo puedo deciros que muchas son las mañanas en las que me junto con el protagonista,-ahora sé que se llama Eugenio- ,comprando el pan y el periódico y que ya nos saludamos cuando mi mujer y yo nos cruzamos con ellos en los paseos por la playa.

Algún día quedaremos para cenar pescado frito y tinto de verano en cualquier terraza del pueblo. Rodeados de la buena gente que aún no ha perdido la sonrisa.

servido por jotatrujillo 6 comentarios compártelo

6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

mayye

mayye dijo

Jota ¡Qué manera de empezar la semana con este relato tuyo! Por un lado nos cuentas una realidad que todos en mayor o menor medida vivimos y por el otro tus descripciones tan vívidas nos trasladan a la orilla de tu mar de palabras y del otro, el de las playas de tu región...
Tiene tu personaje un nombre lleno de significado: "el bien engendrado", no podría ser de otra manera si nos lo presentas tú.
Un beso y feliz semana!

28 Junio 2009 | 06:53 PM

annabel-lee

annabel-lee dijo

Precioso relato JUAN, la trayectoria de este hombre la han tenido muchos y se han olvidado de donde vienen, pero solo consiguen eso en la vida DINERO, quizás PRESTIGIO e IMAGEN pero todo eso es ficticio, se dejan por el camino tantas tantas cosas, si son capaces de reaccionar a tiempo como tu personaje es maravilloso, pero en muchisimos casos que yo he conocido por mi trabajo nunca reaccionaron o lo hicieron tarde y fueron llegando las pérdidas una detrás de otra, hasta quedarse sin nada de lo que yo considero de verdad, eso sí dinero y aduladores eso les quedó. Uno tiene que tener la escala de valores muy clara en la vida.

Me ha encantado tu relato mi querido amigo, siempre me gusta pasearme por tu casa es un VALOR SEGURO.

Un beso

Anni

29 Junio 2009 | 10:52 AM

DIEGO

DIEGO dijo

Jota, como dicen los Sevillanos, esto está de lujo, y como dice el refrán: no es mas rico el que más tiene, si no el que menos necesita, yo soy de los que creen que el fin no justica los medios ya que la conciencia en muy machacona y creo que es mejor dormir a pierna suelta en un colchón de espuma, que no tener pesadillas en sabanas de seda.

Un abrazo amigo

29 Junio 2009 | 12:25 PM

curarme-de-ti

curarme-de-ti dijo

Imagino que es cuestión de prioridades, que uno matiza en su interior si prefiere los bienes materiales o las risas frente al mar. Hay quien prefiere lo primero, quien escoge la segunda opción y quien, como el personaje de tu relato, no sabe realmente lo que hay más allá de su rutina hasta que algo le despierta... Precioso relato. 1 Besiño grande

29 Junio 2009 | 02:25 PM

theo

theo dijo

Extraño ataque de conciencia en un banquero, pero no insólito en determinadas edades. PEro me temo que será mucho más extraño a partir de las jubilaciones de todos los Eugenios que hay en los negocios y que aún tienen algo de escrúpulos.

Un gran relato!

Saludos

29 Junio 2009 | 05:52 PM

quien-si-no

quien-si-no dijo

Realismo en tu relato, costumbrista y removedor, pero alguien tiene que hacerlo, no crees??, la vida es asi, uno decide su camino, sin saber donde le llevara, guardarse ratitos de esos que dejan sin aliento y dicen que es la vida...pues eso tendriamos que aprender..pero no enseñan en ningun sitio, y los consejos de los demas casi siempre nos parecen equivocados,

El comienzo del relato es muy bueno, anima a seguirlo

Besos

30 Junio 2009 | 10:57 AM

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