FRENTE AL MAR

Llegó a la playa a esa hora en que el mar parece menos sociable y cosmopolita y también trata de tomarse un respiro. Todo el ajetreo ruidoso de la mañana, daba paso ahora a una tranquilidad de modorra y siesta. Las espumas olían a silencio.
Tendió su toalla cerca de la sombrilla donde yo disfrutaba del mar y la lectura. Vi como se quitaba su pareo e iniciaba el rito de ponerse crema en sus piernas y brazos. El brillo del ungüento sobre sus cuerpo ya moreno, hacia resaltar bajo el sol inmisericorde, la tersura y belleza de un cuerpo no joven, pero bien torneado y aún apetecible.
Después de observar durante un buen rato la belleza tranquila del mar, sacó un libro de la bolsa y se puso leer.
Yo seguí absorto con mi libro y no puedo dar fe de las veces que mi desconocida vecina abandonó la lectura para bañarse, a pesar del estribillo en olas que nos llegaban, llamándonos con su suave canción azul y refrescante.
No puedo precisar el tiempo transcurrido, cuando el sonido de una llamada de móvil me hizo volver a reparar en mi solitaria vecina.
La sonriente alegría con la que recibió esta llamada fue, según pasaban los minutos, tornándose en tristeza, sonoras y definitivas explicaciones, entrecortados lamentos, adjetivos onerosos, lágrimas sorbidas, nerviosos paseos. Al final, antes de cortar con rabia la comunicación, solo pude escuchar una frase, seca y definitiva: “Vivirás siempre con tu soledad y mi recuerdo”.
Volvió a sentarse y con un pico de su pareo secó las lágrimas que no le dejaban mirar limpiamente al horizonte.
Al rato se levantó, “Y con la figura erguida, entre cielo y playa, quiso sentir el olvido perenne del mar”. Un coro de gaviotas la acompaño camino de las aguas. La vi zambullirse y nadar hacia el sol que empezaba a desaparecer tras el horizonte.
Yo seguí con mi lectura.
Al poco, mis ojos cansados y miopes, no me permitieron seguir leyendo. Recogí mi sombrilla. Al pasar cerca de la toalla de mi vecina, comprobé que a pesar del largo tiempo transcurrido, no había vuelto de nadar.
El libro seguía cerca de la arena. Pude ver su portada. Era un libro de poemas de Alfonsina Storni.
Esta noche no he podido dormir, recordando la toalla vacía, el libro abandonado.
Toda la noche han rondado por mi mente unos versos del último poema escrito por la poetisa argentina, antes de suicidarse, titulado “Voy a dormir”, en el que le hace un encargo a su “nodriza de manos de hierbas, dientes de flores y cofia de rocío”
“…Gracias... Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido”.
Tan pronto como amanezca, volveré a la playa para ver si el libro, la bolsa, el pareo y la toalla siguen estando allí.
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AVE FX ------ dijo
maravilloso, pudía sentir cada imagen que transmiten sus palabras.
Ya contará qu pasó con la toalla, el libro y el movil.Me encanta como escribe
Saludos
2 Septiembre 2009 | 07:15 PM