EL PICUDO ROJO Y LA DEMOCRACIA

Haciendo mi matinal recorrido por el paseo marítimo de Benicassim, hoy he dejado de un lado el MP3 con las radios y la música y he disfrutado del regalo que se ofrecía a mis ojos. De un lado un mar quieto, ansioso de recibir los primeros rayos de un sol que empezaba a asomar en el horizonte. De otro, la quietud verde de un paseo. La belleza de unas villas asomadas al mar y la esbeltez majestuosas de las palmeras.
Al mirar las rayas blancas que un madrugador aviador dejaba en el azul del cielo, he podido comprobar que esa esbeltez de las palmeras, en muchos casos, no dejaba de ser una imagen poética, que nada tenía que ver con la realidad.
Bastantes, mostraban su penacho amarillo, desvaído y sin vida, como si dejase caer los brazos como un boxeador noqueado. Otras ya habían sido aserradas dejando solo un tocón, como el muñón sin vida de algo que fue una joya de la naturaleza. En las puertas de una villa, esperando su retirada, unas enormes rodajas de lo que antes fue un tronco erecto y presumido, recordaban de lo efímero que puede llegar a ser lo deseado y perfecto.
La culpa de todo el "picudo rojo" ese gorgojo, entrometido y funesto, cuya larva penetra por el capitel de la palmera pasando directamente al tronco, labrando galerías de más de un metro de longitud que acaban con la perfección que tantos años costó conseguir.
En las elucubraciones de mi matinal paseo, comparé palmera y democracia. Para mí ambas tienen muchas concomitancias. Una tarda muchos años en florecer, en crecer, en abrir sus brazos, en alzarse hacia el cielo, en busca de claridades, la democracia que yo deseaba, también.
Unas necesitan de un mimo y cuidado, para poder disfrutar de toda su belleza y bondades, la democracia también.
La palmera, desgraciadamente, y hoy lo he comprobado con dolor, tiene el "picudo rojo", una larva taimada y traicionera que no parece entender de juegos de niños, da abrazos apoyados en su troco, ni de descansos a su sombra.
Hoy también he venido a comprobar que la democracia tiene también su picudo teñido de diversos colores.
Existen un gran número de bichos, cucarachas, alimañas o picudos, dispuestos a derribar lo conseguido, a no permitir que la democracia siga dando sombra. Piensan que sus ramas ya han abrazado bastantes, su calor ya ha dado demasiada vida a los que han tratado de ser iguales. No están dispuestos a compartir nada, ni siquiera esa paz que es como el fruto constante y deseado de una palmera viva.
Seguro que podré llamarles "picudos arcoíris", a esos grandes managers de fondos de cobertura, entre ellos el especulador jefe George Soros, que se confabulan para iniciar una batalla contra el euro, sin importarles que en esa batalla desaparezcan millones de puestos de trabajo, ¡Que les importa a ellos que en su voracidad de nauseabundos insectos, puedan llevarse por delante la cuna de la democracia! ¡Que les importa a ellos si con la sola razón de sus dólares, son capaces de desestabilizar gobiernos legítimamente constituidos!! ¡Que les importa a ellos lo que el pueblo soberano pueda decidir en las urnas! No les importa porque, suficiente demostrado está, son ellos los que en realidad mandan, cambiando voluntades, gobierno y fronteras a golpe de chequera.
¿Y qué color debemos darles a esos "picudos negros con puñetas" que se han aposentado con carácter de eternidad en las todavía tiernas palmeras del jardín de nuestra democracia?
Para el emérito, lustroso y relamido poder judicial, que debiera ser bastión y faro para la solidez del Estado, Montesquieu está pasado de moda y tratan de medrar a su antojo, involucrándose sin pudor ni miramientos en el legislativo y el ejecutivo, Como ese gorgojo del que hablaba, se adentran en el corazón de la democracia para cambiarla sin importarles, en la mayoría de las ocasiones,, ni la justicia, ni la equidad, ni siquiera la vergüenza. Solo les importa que la vida política vuelva a épocas que parecían olvidadas, porque ellos añoran tiempos pasados y no han sabido orearse con la brisa y la frescura de la libertad.
Y, ¡ahora, sí!, "el picudo azul". Un raro ejemplar que parecía desaparecido, pero al igual que los gusanos, aparece siempre cuando algo huele a pútrido, cuando algo se deteriora. Hay épocas que viven en el más absoluto letargo, porque no pueden soportar la brillante luz de la paz y la igualdad. Pero están siempre ahí, expectantes, deseosos de ocupar el lugar que la democracia les quitó.
Son las larvas de aquellos que asesinaron después de la victoria, las lambrijas de aquellos que aplaudían al dictador cuando firmaba penas de muerte, las apestosas orugas de aquellos que dejaron la impronta de su valor en las tapias de los cementerios, las ratas de alcantarilla que se solazan negándole la paz a los muertos.
Son esas lombrices de cabeza pelada que añoran una España en la que no existan derechos políticos, sindicales y de opinión. Eso sí, pidiendo siempre la bendición y la protección de la iglesia, para estar seguros de que sus pecados les serán perdonados.
¡Pobre palmera! Cuantos bichos pululan por sus ramas dispuestos a chuparle la savia para su engorde, aunque la belleza se deteriore y muera.
No sé de qué manera habrá que tratar el "picudo rojo". Parece ser que el control consiste en realizar seguimientos de vuelo de adultos y confirmar su presencia mediante trampas cebadas con atrayentes sintéticos (feromonas de agregación y sinérgicos vegetales o cairomonas).
Para los otros, algo parecido, pero sin trampas. Con la verdad de que, los que creemos en la libertad, no estamos ni estaremos dispuestos a que ningún apestoso "bicho" sea capaz de acabar con la monumental belleza de esta palmera de democracia, bajo cuya sombra queremos vivir nosotros, nuestros hijos y toda aquella buena gente que esté dispuesta a compartir en paz.








skpe dijo
Sin palabras...Jota...las comparaciones son odiosas dicen, pero tus similitudes...lo repito sin comentarios...un abrazo y buen paseo.
11 Marzo 2010 | 10:29 PM